Blues, Crusaders y el Eden Park de Auckland, tres componentes perfectos para una cobertura inolvidable

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Auckland, Nueva Zelanda- La distancia entre mi hogar y el Eden Park es, para los que viven en Capital Federal, similar a la que existe entre el Obelisco y el coqueto Patio Bullrich, ubicado en el barrio de Retiro. Desde que llegué, a más de dos horas del comienzo del clásico entre los máximos representativos a nivel franquicias tiene la tierra de los All Blacks, las adyacencias del estadio estaban colmadas de camisetas azules y, en menor medida, de rojinegras. Siempre, como es una costumbre en estos pagos, con respeto. Porque el rugby, a pesar de ser una religión para buena parte de los nacidos en “la tierra de la gran nube blanca (Aotearoa, en maorí), es también una distracción, un momento para pasar en familia, sin importar qué camiseta luzca cada uno.

Con el correr de los minutos, y con la cuenta regresiva pisándole los talones al kickoff, los grupos de personas se convirtieron en una multitud. Las inmediaciones, principalmente en lo que respecta a las calles aledañas a la estación de Kingsland (a 100 metros de la puerta “A”), ya estaban abarrotadas de fanáticos. Buses, trenes, autos, bicicletas, a pie y hasta los scooters públicos. Cualquier medio de transporte era válido para acercarse al lugar de los hechos. AT (Auckland Transport, en inglés) ofrecía servicios de colectivos gratuitos para aquellos miembros de Blues que tenían al Eden como destino. Todo estaba previsto para ser una gran fiesta alrededor de la ovalada.

Luego de estar observando el “color” en los controles de seguridad y en las mismas calles que bordean al gigante capaz de albergar a 50 mil personas, decidí retirar mi acreditación que había sido dejada en la tienda oficial de Blues, a unos veinte metros del ingreso habilitado para los medios de comunicación. Una vez dentro busqué el tan ansiado tercer cuarto en la tribuna Sur (South Stand, para los locales), que es, para aquel que esté acostumbrado a ver las transmisiones de la cadena SKY Sport, del mismo lado del cual se suelen ubicar Grant Nisbett, Tony Johnson y otras leyendas del periodismo neozelandés.

Cómo era la sala de prensa? Sin palabras concretas para definirla… Prefiero, en este caso, “venderla”: ubicada a la altura de la mitad del campo de juego (sí, exactamente al medio), con un ventanal gigante con vista a todo el césped, aire acondicionado, espacio para computadores y otros dispositivos electrónicos, café, entre otras cosas. Nada que se compare a lo que había visto previamente. En lo que respecta a las instalaciones, la crème de la crème. A partir de allí, ya con el corazón a mil por la pasión que me genera uno de los dos equipos (el dueño de casa, que, asimismo, es dueño de mi corazón) y los nervios por la labor periodística en sí (que, vale destacar, se realizó en castellano pero con colegas y protagonistas que solo hablaban inglés), me limité a capturar fotos de los movimientos precompetitivos. ¿Por qué no videos? Por los derechos televisivos. Es una de las pocas reglas que existen en esta clase de eventos, tanto en Argentina como en Nueva Zelanda e, imagino, también en el resto del mundo. Y también incluye a las imágenes durante el juego. Siempre y cuando sean antes de la patada de salida, en el mediotiempo y post-partido, no hay problema ya que no está infringiendo ninguna pauta de trabajo.

Entre fotos, información, adelanto de notas y tuits, los jugadores ya estaban en el terreno para, finalmente, ofrecernos lo que todos, los aproximadamente veinte mil  espectadores, estábamos esperando: la hora verlos en acción. Y fueron ochenta minutos intensos, apasionantes, tal vez no muy bien jugados, pero sí con esa cuota de suspenso que suelen tener los grandes cruces entre escuadras neozelandesas. Esta vez, con Blues y Crusaders, archirrivales, pero con presentes totalmente opuestos. El primero de ellos, que fue campeón en las dos primeras ediciones del Super Rugby (1996 y 1997) y posteriormente en el 2003, con la mochila rebalsada tras temporadas muy pero muy flojas, atípicas para el que es considerado, junto a Bulls, uno de los tres habitantes del podio histórico en el hemisferio sur; del otro lado, el rey entre reyes, dueño de nueve coronas (dos de ellas, las dos últimas entregadas por SANZAAR), y con un plantel plagado de miembros de los All Blacks. Pese a las diferencias que uno creía que podían llegar a existir, el resultado final arrojó lo contrario: fue, finalmente, 24-22 en favor de la visita, quien mereció los cuatro puntos por lo hecho en gran parte de la primera etapa pero que tranquilamente pudo haberse quedado con las manos vacías. El apertura Harry Plummer, reemplazante de Otere Black en el complemento, tuvo, por duplicado, la oportunidad de sellar el triunfo para los de Auckland, pero la combinación entre su botín derecho y el viento le negaron el festejo final.

Ya esfumada la contienda, los hinchas comenzaron a abandonar las butacas para, lentamente, emprender el regreso a casa. En la mayoría de ellos, abatidos, reinaba la desolación por haber estado tan cerca pero, de todas maneras, también la esperanza por finalmente ver a veintitrés hombres que parecen devolverle los sueños a todos los que llevan al azul en su corazón, como a quien escribe estas líneas; quienes apoyaron al vencedor, en cambio, atinaron a festejar, sonreír y, de paso, saludar y felicitar a los oponentes por la performance de sus participantes, porque, además de jugarse en el pasto, el rugby es un deporte en el que también influye el bullicio y el apoyo de quienes pagan su boleto o membresía e invierten su tiempo libre y dinero para seguir a su gran pasión.

La primera gran experiencia que mezcló mis dos grandes pasiones (el rugby y el periodismo) ya es historia. Ahora, como siempre, habrá que mirar hacia adelante pensando en cómo teletransportarlos durante las siguientes ocasiones. Ya vendrán más vivencias que, desde hoy, serán contadas por Salimos a la cancha. Y sin olvidar este primer capítulo que quedará para siempre en mi memoria y en mi retina. Blues, Crusaders y el Eden Park de Auckland, tres componentes perfectos para una cobertura inolvidable. ¡Hasta la próxima, queridos lectores!

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